Bathory – La condesa Erzsébet Báthory de Ecsed – 1560

Bathory

Hay muchísimo material de la archi famosa genocida húngara Bathory, conocida mundialmente por sus baños de sangre de vírgenes doncellas que poblaban las propiedades colindantes a sus castillos, como puede ser la novela de Javier García Sánchez llamada “ Ella Drácula ”.

Bathory
Copia del retrato original perdido de 1585 de Elizabeth Báthory.

Dicho personaje es ya una habitual de la temática narrativa de muchísimas bandas de heavy metal, aparte de inspirar centenares de canciones e incluso nombres de grupos; pero la fascinación por una de las asesinas más despiadadas que han pisado este mundo ha llegado mucho más allá de la vertiente musical extrema.

Desgraciadamente siempre que hablamos de la Bathory se la asocia con Drácula, tanto en películas como esta vez en el libro que nos ocupa. El hecho en sí obedece más al interés económico de asociarla con el vampirismo, ya que parece ser que el apellido Bathory no es todavía suficientemente conocido como para vender por si sola. Y así se le ha colgado desde siempre ese “San benito” que no merece, pues de hecho ella solita es capaz de dejar en calzones a todas las malvadas creaciones literarias, pues como siempre hace buena la frase de: La realidad supera siempre la ficción.

Se calcula que dicho angelito se cargó a unas 800 muchachas en las mazmorras de sus múltiples propiedades, y los métodos empleados fueron las atrocidades más espantosas imaginables. Su poder e impunidad, unidos al conocimiento adquirido de las torturas de sus vecinos turcos empleaban con sus compatriotas, más el ensañamiento cruel del que había hecho gala el apellido Bathory a lo largo de la historia crearon un monstruo de dimensiones bíblicas.

Bathory

Fue una niña solitaria e independiente, educada en la corte y dotada de una belleza reconocida. Una niña caprichosa, narcisista y egocéntrica con poder que multiplicó tras la muerte de su marido Ferec Nádasdy, todo un héroe de guerra que le dio cuatro hijos. Tras despachar a sus angelitos fuera de sus dominios decidió dar rienda suelta a sus instintos más bajos.

Lo que empezaron siendo orgías con jóvenes cortesanas pronto derivaron hacia desviaciones sádicas indescriptibles. Su afición por el ocultismo creció a manos de una bruja llamada Dravulia, la que en un principio guio e incitó al demonio en forma de mujer al submundo de las pócimas y las drogas.

Cuenta la leyenda que un bofetón certero a una criada joven hizo que salpicara sangre en su cara. Desde su particular perspectiva creyó que el preciado líquido hacía rejuvenecer su cutis que ya pasaba los 40. Tras tan vital descubrimiento montó un enorme dispositivo de búsqueda de jóvenes campesinas a las que sometía noche tras noche a insufribles torturas con objetivo de desangrar hasta la última gota.

Descubrió un sinfín de nuevas utilidades al kit de herramientas de la chimenea y, acompañada por sus cuatro criadas y lavanderas más fieles montó maratones nocturnas de ensañamiento con tiernas doncellas. Arañazos, arrancar uñas, arrancar pezones y obligarlos a ingerir o sacar corazones latiendo fueron algunas de las prácticas habituales con las que obsequiaba a sus víctimas indefensas. Y todo ello sin necesidad de ayuda, ella sola se bastaba para ajusticiar a sus niñas, a veces hasta caer rendida de cansancio.

Los gritos en la noche, el tránsito de cadáveres y fosas comunes en rincones, el pánico de los pueblerinos y el horror de esos días son recreados por el autor desde la perspectiva de un monje que escribe una crónica de cuando, siendo niño, vio y padeció entre las murallas del castillo de Csejthe.

Si bien el inicio es poco prometedor y se pierde en infinidad de metáforas gratuitas e innecesarias, el resultado es un óptimo y trabajado reflejo del horror de principios de 1600 y un buen retrato psicológico del monstruo. Su final, con un guiño a un famoso poema de Edagar Allan Poe, incluye el desenlace y el desigual castigo que merecieron siervos y ejecutora.

García Sánchez va unos pasos más allá de las habituales publicaciones que se centran en la bañera y la célebre máquina de tortura llamada Iron Maiden (¿os suena el nombre?…) y por descontado mucho más allá de las chipirifláuticas versiones cinematográficas de la Hammer más centradas en enseñar tetas que en ceñirse a la historia en sí.

Si musicalmente queréis adentraros en el universo Bathory hay centenares de bandas que quedaron prendados por los ovarios malvados de la Sra. Kamelot tienen una trilogía, Venom un tema, Cradle Of Filth disco y portada y el fallecido Quorthon le dedicó nada más y nada menos que el nombre de su grupo:

Los referentes Bathory.

¿Fue Bathory la mayor genocida femenina de la historia? Muy probablemente, de hecho en criminología se la estudia, pero el hecho nos lleva a pensar que cuando el poder y la locura se unen las consecuencias son abominables.

Lucrezia Panciatichi
La mujer de este cuadro es habitualmente identificada como Erzsébet Bathory, pero en realidad se trata de Lucrezia Panciatichi.

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